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El policía acusado de la muerte de George Floyd podría cumplir 40 años de cárcel

“El arco moral de la historia es largo, pero se inclina hacia la justicia”. La cita atribuida a Martin Luther King, tantas veces utilizada por Barack Obama y tantas veces reducida a una floritura retórica vacía, se ha reafirmado este martes. El jurado popular encargado de dictar sentencia en el juicio contra el policía blanco que mató al afroamericano George Floyd en Mineápolis hace casi un año ha hablado.

Derek Chauvin es culpable de los tres cargos a los que se enfrentaba: asesinato en segundo grado, asesinato en tercer grado y homicidio imprudente. La decisión se ha adoptado con la unanimidad de los 12 miembros del jurado, como era preceptivo, y llega durante la segunda jornada de deliberaciones. Un desenlace celebrado a lo largo y ancho del país que servirá para evitar el nuevo estallido social que muchos anticipaban.

En Harlem resonaron las campanas, en Mineápolis volaron los abrazos y en Washington hablaron los petardos. «Parece un nuevo día, como si este país reconociera finalmente la humanidad de los negros», decía un hombre afroamericano ante las cámaras. Este veredicto era la válvula de escape que esperaba buena parte del país, incluido el presidente Joe Biden, en un caso que ha mantenido en vilo a los estadounidenses por las explosivas ramificaciones que acarreaba.

Estados Unidos tiene grabada en la retina la escalofriante brutalidad que Chauvin desplegó para acabar con la vida de Floyd. Un hombre corpulento, pero desarmado, que fue detenido por pagar un paquete de cigarrillos con un billete presuntamente falsificado de 20 dólares. Lo pagó con su vida, asfixiado durante nueve minutos y 29 segundos bajo la rodilla del agente, que ni siquiera se dignó a sacar la mano del bolsillo mientras Floyd agonizaba, invocaba a su madre como un niño grande y repetía “no puedo respirar” mientras se apagaba su conciencia.

La macabra frialdad exhibida por Chauvin, su despiadada indiferencia hacia la vida de aquel hombre negro, hizo revivir a millones de estadounidenses los viejos traumas del pasado, tan vigentes en la vida cotidiana de los afroamericanos, desde los linchamientos de Emmet Till y Rodney King a los vestigios de aquel sistema de apartheid –llamado aquí segregación– que todavía impera en la vivienda, el acceso al crédito, la educación o la justicia. El asesinato de Floyd puso en marcha las mayores protestas raciales desde la época de los derechos civiles, con réplicas en varias capitales mundiales, un capítulo que temporalmente se cierra hoy.

El veredicto ha llegado tras tres semanas de juicio, en que la acusación presentó a decenas de testigos, desde médicos forenses a expertos en el uso de la fuerza y hasta la jerarquía de la policía de Mineápolis, que condenó con dureza las acciones de su subordinado. Desde entonces, el miedo en el país era notable ante la posibilidad de que volvieran a encenderse las calles con un veredicto que estuviese por debajo de las expectativas de justicia que tantos demandaban.

Falta conocerse la condena
“Rezo para que el veredicto sea el adecuado. En mi opinión, las pruebas son abrumadoras. Y no diría esto si el jurado no estuviese recluido en estos momentos”, dijo Biden horas antes del desenlace. La sentencia para Chauvin tendrá que esperar unos días, aunque solo el cargo de asesinato en segundo grado comporta una pena de hasta 40 años de cárcel.

Chauvin asistió a su cita con la historia vestido con traje de chaqueta, gesto altivo y la mirada desafiante. No gesticuló ni mostró la mínima señal de contrición, pero a medida que caían los «culpable» en cada uno de los cargos, sus ojos empezaron a bailar hacia los lados, como si la confusión y los años de vida emparedada empezaran a tomar forma en su cerebro.

Los líderes negros, que han participado en las vigilias y manifestaciones de las últimas semanas en Minneapolis, habían advertido que la frustración latente en las calles estaba llamada a desbordarse si el veredicto no cumplía con las expectativas. “No podemos condonar a esta América inhumana, no podemos condonar la maldad que presenciamos en el vídeo del arresto”, dijo el domingo Benjamin Crump, el abogado de los derechos civiles que representa a las familias de Floyd y Daunte Wright, el veinteañero negro y desarmado abatido la semana pasada durante un control policial en un suburbio de Minneapolis.

Crump dejó claro que las protestas continuarían si no se hacía justicia, una idea en la que redundó la diputada demócrata Maxine Waters al pedir a la ciudadanía que adopte una postura “más beligerante” y “activa” si el veredicto no está a la altura de las circunstancias.

Despliegue militar en Minneapolis
Con la navaja en el cuello del país, ninguna ciudad caminaba de forma tan acentuada sobre el alambre como Minneapolis, blindada con alambradas y muros de hormigón, y tomada por vehículos acorazados y miles de militares armados y con fatigas de camuflaje. El gobernador Minnesota ha querido evitar que se repita el pandemonio que desencadenó la muerte de Floyd en mayo, una explosión de saqueos y destrucción que dejó una factura de 350 millones de dólares.

Pero muchos ciudadanos han comparado el despliegue con una ocupación militar en toda regla, que no ha hecho más que exacerbar la tensión y el miedo. Una percepción acentuada por los centenares de arrestos acometidos durante las protestas por la muerte Wright, dispersadas sin contemplaciones con munición antidisturbios.

El país respira ahora aliviado. La justicia tantas veces negada a las víctimas de los abusos policiales, se ha materializado. Un punto y aparte con final feliz en la complicada historia racial de EEUU.

Fuente: EW/elperiodico


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